sábado, 24 de octubre de 2015

MICRORRELATO - SEXO BESTIAL

Siempre le habían dicho que cuando se enamorase sentiría mariposas en el estómago. Ahora que conocía esa sensación,  su entorno se había transformado en un mundo ideal, lleno de alegría y satisfacciones. Sabía que era su media naranja, con quien quería pasar el resto de su vida, sin embargo algo en su interior le hacía temer el momento en que con él descubriera el sexo.


La dulzura de su novio no evitaba que al ver su aspecto rudo e imponente, Bella se sobrecogiera cada vez que pensaba en lo que Bestia pudiera tener debajo de los pantalones.

sábado, 17 de octubre de 2015

RELATO BREVE - EL ORO DE LA LAGUNA


En el verano de 1840 se reúne en Lago de Carucedo un pequeño grupo de hombres para dar la bienvenida a Enrique Gil y Carrasco, escritor que se halla por esas tierras documentándose para su novela El Señor de Bembibre.

Entre los asistentes se encuentra Francisco Macías, el alcalde, que sin dudar, le invita a pernoctar en su casa, situada en la plaza de Lairó. Don Enrique acepta encantado, deseoso de escuchar las leyendas que le narrará su anfitrión durante la cena. Tras los postres salen al corredor a fumar sendos cigarros.

—Lo que le pueda decir es porque lo he escuchado de boca de los vecinos de este pueblo. Sin embargo, puedo contarle mi propia historia.

Gil y Carrasco se acomoda en el sillón, toma un sorbo de cuturrús y le invita a comenzar el relato.

—Aunque han pasado cincuenta años, recuerdo como si fuera hoy mi llegada a Lago. La nave que yo capitaneaba había sufrido tal destrozo, por culpa de un saboteador, que impedía que nos pudiéramos unir a la flota espacial que se dirigía a Zelados para la reunión anual de los Planetas Unidos por la Paz. La avería sufrida no se podía arreglar ya que nuestros almacenes no contenían el oro necesario para fundirlo y taponar los agujeros. Sería imposible llegar a ningún planeta de la confederación si no reparábamos el desaguisado.

Se estudiaron los mapas y se decidió descender en el planeta más cercano,  en un lugar donde fuera fácil encontrar el metal que necesitábamos. Trasco era un planeta que habíamos estudiado desde todos los ángulos y que nuestros dirigentes querían conservan al margen de la confederación. Se pretendía que fuera un planeta virgen al que pudiéramos acudir en caso de absoluta necesidad ya que las condiciones de oxigeno y presión, eran compatibles con nuestro sistema vital. Buscamos el lugar idóneo y tras la coraza de invisibilidad y con los motores en silencio, amerizamos sobre una laguna. Bajo sus aguas, nuestros magnetómetros habían detectado ingentes cantidades de oro. Poco después de sumergir la nave empezamos a trabajar a buen ritmo.

El metal que necesitábamos descansaba en las profundidades, debajo de la antigua aldea tragada por las aguas. El oro se hallaba al alcance de nuestros robots y tras un procesamiento sencillo, nos serviría para arreglar los desperfectos.

Todo iba saliendo según lo previsto y en tres días terrestres estaríamos en condiciones de seguir nuestro camino. Sin embargo, nuestros planes se vieron entorpecidos cuando los radares captaron una embarcación acercándose hacia nosotros.

El barco estaba justo sobre nosotros. Un cuerpo cayó al agua, justo frente al cristal del puente de mando. No podíamos hacer otra cosa que capturarlo. Una voz se alzó indicando que debíamos suprimir esa presencia, aunque parecía obvio que no necesitaríamos actuar para que su vida se extinguiese por sí sola. Algo en mí hizo que intentara salvarla. Creo que la expresión correcta es “amor a primera vista”. Pedí a algunos miembros de la tripulación que la introdujeran en la nave. A los pocos minutos me avisaron de que la habían reanimado y que se encontraba muy confusa y asustada. Me presenté ante ella con la verdad por delante, pero ella creía que había muerto y estaba ante un ángel. Me hizo gracia su comportamiento y la invité a recorrer la nave.

—Me da la impresión que la dama en cuestión es ahora su esposa, ¿me equivoco? —preguntó Gil y Carrasco.

—Así es, el oro, remedio necesario para mi nave y riqueza para los terrícolas fue mi aliado para encontrar la pareja que llevaba buscando desde hacía muchos años. La pena es no haber podido tener hijos con ella por la incompatibilidad de nuestros genes.

—¿De sus qué…?

—Ah, señor mío, a veces no me doy cuenta de que ustedes todavía hay muchas cosas que desconocen. Durante el próximo siglo, seguro que la investigación avanzará por los derroteros de la genética.

—Su historia, real o inventada, es muy hermosa. ¿Y cómo la cortejó? ¿Qué fue de la nave y sus tripulantes?

—Eso, amigo mío, lo dejaremos para mañana.

RELATO BREVE - UN CRUCERO MÁS


—Por algún motivo nos encontramos —dice el hombre a una mujer que se encuentra a su lado en esos momentos—. Que ambos viajáramos solos fue un designio del destino. La primera vez que paseamos por cubierta hacía frío. Me quité la chaqueta y te cubrí los hombros. Sin querer, mis dedos rozaron tu piel y mi cuerpo vibró. Cuando me miraste, no hicieron falta las palabras. Supe que en tu vida el sufrimiento era la tónica general y quise transmitirte un consuelo que, a su vez, yo mismo necesitaba. Estaba previsto un temporal, pero no de tal magnitud. Un movimiento brusco nos arrojó al suelo. Te ayudé a levantarte y cogiéndote por los hombros fuimos a refugiarnos a mi camarote. Tenías miedo de estar sola con esa tormenta y yo de que tú tuvieras miedo. Nada más llegar, el vaivén fue demasiado para mi pobre estómago, que empezó a protestar. ¡Vaya primera noche contigo! Cuando desperté te habías ido. Un mensaje en el espejo del baño, escrito con pintalabios, anunciaba nuestro próximo encuentro: después de desayunar, en la piscina.

»Te observé desde la distancia; estabas sobre una tumbona. Al verme me sonreíste y reconocí en tus labios una promesa de amor eterno. Se me desbocó el corazón. Después de la cena nos apoyamos en la barandilla y me sugeriste que acudiéramos a mi camarote. Fue nuestra primera noche de amor. Formamos parte de un universo únicamente nuestro. El blanco y negro dejó paso a colores pastel donde se mezclaron jadeos, suspiros y sonidos de deseo.

»La mañana del tercer día volví a despertarme solo. ¿Cómo explicar la sensación de abandono?  Busqué algún mensaje que me indicara dónde podría encontrarte. Fui de un restaurante a otro intentando localizar tu silueta. Hasta por la noche no te encontré e ibas del brazo de un hombre. Volví a mi camarote sin que me vieras. Tomé pastillas para dormir y entre sueños me pareció sentirte entre mis sábanas.

»Durante el cuarto día no salí de mi camarote, no quería tropezarme contigo y sin embargo, mi piel ansiaba fundirse con la tuya. Cuando viniste a recogerme para ir a cenar, ni siquiera te pregunté dónde habías pasado las horas anteriores. Quedaban tres noches, tras las cuales presentí que desaparecerías.

»A la mañana siguiente estabas en mi cama. La visita a Atenas nos llevó todo el día y al volver fuimos a mi habitación para saciar nuestros fuegos. Recuerdo muy poco de lo que me contaste de tu vida. Me diste un nombre, Susana, para que pudiera susurrarlo mientras te amaba. Sólo me interesaba que comenzaras una relación seria conmigo. Ahora recuerdo que me hablaste que habías embarcado con tu hermano y su mujer.

»El sexto día de crucero parecías rara, pero lo achaqué a que era la última noche que pasaríamos juntos. Disfrutamos de los lujos del buque y, tras la cena de gala, volvimos a mi cama. Después de hacer el amor salimos a la terraza. Me serviste una copa y te fuiste al baño. Tiré el líquido al mar; ya habíamos tomado mucho alcohol y no quería que afectase a mis facultades. Aún así, como tardabas, me adormecí. Un poco más tarde oí a un hombre que te preguntaba si me había hecho efecto el narcótico y contestaste que sí. Preferí hacerme el dormido y escuché como rebuscaba en los cajones, me imagino que para llevarse todo cuanto había de valor. ¿Por qué te quedaste aquí? No puedes contestar porque te he amordazado, ya lo veo. Cuando antes te lo pregunté me mentiste diciendo que nada de lo que oí era cierto. No eres la primera mujer que me engaña, ¿sabes? Pensé que contigo sería diferente, pero ha vuelto a suceder y no que me queda más remedio que hacer lo de siempre. Te tiraré por la borda, pero solo será un momento, luego no sentirás nada.

                      
En el muelle su médico está esperándole. La terapia de estos viajes parece sentarle bien a su esquizofrenia.

—¿Qué tal la travesía?

—Muy bien. Cada vez me gustan más estos barcos. Mañana mismo contrato otro.

—¿Has tomado tu medicación?
—Por supuesto y no he tenido alucinaciones. Todo ha transcurrido muy bien, como las otras veces. 

RELATO BREVE - EL HEROISMO DE "EL NENE"


Manuel nació en el seno de una familia muy humilde al otro lado del Atlántico y el mejor juguete con el que disfrutó fue un balón que su madre había encontrado en una papelera. Con el tiempo, un ojeador descubrió su talento con el esférico y le fichó para jugar en el equipo local.

Con su madre, viuda desde hacía años, se estableció en un piso grande y luminoso. Su nombre fue sonando a medida que sus goles levantaban de los asientos a los hinchas de la ciudad. Después de varios años, durante el mercado de invierno, le fichó un equipo español de segunda división: el Villarrando. La temporada se presentaba difícil y para remate, en el primer partido como titular, la entrada de un jugador contrario le provocó una lesión, que le mantuvo fuera de los campos durante dos meses.

Se acercaba el final de la liga y el Villarrando figuraba entre los primeros de la tabla. La decisión de haberle contratado se cuestionaba en todos los informativos. Comparado con los fichajes de los grandes equipos, el suyo había costado poco dinero, pero la sensación general era que había sido un gasto inútil, dado que su tan esperado tiro a puerta no se había llegado a producir.

Su reaparición tres partidos antes del final de la liga fue espectacular; metió dos goles que pusieron en pie a los espectadores. Al finalizar el penúltimo encuentro todos tenían claro que si ganaban el siguiente, subirían a primera.

Los problemas económicos acuciaban al club, o para ser más precisos, al presidente de la entidad, quien por boca del entrenador, informó a los jugadores que carecían de los recursos necesarios para las obras que deberían acometer si ascendían. No hacía falta decir más, todos sabían lo que tenían que hacer.

El Nene, como le habían bautizado los comentaristas, no pudo dormir en toda la noche; su futuro pendía de un hilo. Si descubrían el engaño su carrera se acabaría.

Llegó el día del partido y al salir al campo, el clamor del jugador número doce le puso la carne de gallina. El primer tiempo terminó con empate a cero. El gentío abucheaba a su equipo viendo que no se esforzaba como debía. En el vestuario lo discutieron entre todos: estaban engañando a una afición por la codicia de su presidente.

En la segunda parte, el espíritu cambió y atacaron con ganas la portería contraria. El público, ahora, les aplaudía agradeciendo su juego. Así comenzaron a llegar balones a los pies de El Nene.

—¡Goool...! —rugió los asistentes con el primero que marcó en el minuto diez.

—¡Goool! —retumbó el campo con el segundo.

—¡Gol, gol, goool de El Nene! Ya estamos en primera división —se desgañitó el comentarista de la radio local.

Todos los medios de comunicación, le calificaron de héroe. Su madre le expresó su parecer sobre los artículos que habían leído.

—Los periodistas usan la palabra héroe a la ligera. Hijo, para mí tu heroísmo se basa, no en meter goles para que tu equipo ascienda, sino en trabajar y no dejarte influenciar por las intenciones de unos sinvergüenzas a los que deberías denunciar.

Después de estas palabras, Manuel llamó a varios jugadores. Todos se pusieron de acuerdo en ir a la oficina del presidente para hablar con él, ya que bien podría ser que el entrenador les hubiera mentido.

Mientras tanto, en su despacho, el presidente del club, Aniceto Domingo, destruía papeles; sabía lo que se le venía encima. La gesta del futbolista destaparía el robo que había estado llevando a cabo durante años.

Llegaron cuando el presidente se dirigía hacia su coche portando varias bolsas de plástico. Al verles corrió hasta el vehículo, pero los jugadores fueran más rápidos que él y le rodearon. Sus prisas confirmaron que ocultaba algo y, para más evidencia, vieron como una bolsa se rompía, dejando escapar de ella fajos de billetes.

Poco después, un titular rezaba: «Aniceto Domingo ha sido detenido por un presunto delito de estafa. Fue desenmascarado por los jugadores del equipo que él presidía, que se han comportado como lo que son: unos auténticos héroes».

RELATO BREVE - LA FÓRMULA DEL CHARTREUSE


El hermano Jerome se levanta el hábito hasta las rodillas y baja a la bodega. El peligro de escurrirse por la humedad es evidente y lo último que necesita es que un accidente retrase su cometido.

El olor a Chartreuse inunda el recinto igual que lo viene haciendo desde el siglo dieciocho. Camina entre la filas de cubas hasta llegar al fondo de la nave. Allí, tras una puerta, se encuentra la posesión más preciada para los monjes cartujanos. Introduce  la llave en la cerradura y ésta cede al primer giro. Desde la entrada comprueba que la estancia está iluminada. Llama al hermano Carlos, pero nadie contesta.

Gracias al tiempo benigno que han tenido durante el invierno, la cosecha de hierbas aromáticas utilizadas para preparar el licor, ha sido muy productiva y los fardos, repletos, están en sus correspondientes anaqueles.
                               
Su primera impresión es que el encargado del almacén ha olvidado apagar las luces y cerrar la puerta con los cuatro giros de llave. “Debo hablar con el prior porque la cabeza del hermano Carlos empieza a desvariar”. Recuerda que el sabor de la última remesa de Chartreuse verde era tan distinto al habitual, que tuvieron que desecharlo. Y menos mal que él se dio cuenta antes de empezar con el proceso de envasado.

Atraviesa la sala y llega al recinto donde se encuentra el verdadero tesoro. Ve la caja fuerte vacía. Mientras marca el número de su superior, para avisarle de que han robado la fórmula, oye unas pisadas. Va a darse la vuelta, pero no le da tiempo; un golpe en la cabeza le deja sin conocimiento.

Se despierta en su celda. Antes de abrir los ojos escucha pasos a su alrededor. El médico del pueblo y el prior están a los pies de la cama. Cuenta a su superior que han robado la fórmula, pero el médico, al instante, recomienda dejarle solo para que descanse.

El hermano Carlos entra en la habitación poco después.

—¿Qué le ha pasado?, —pregunta preocupado.

—Había alguien en la sala. Me golpeó antes de que pudiera verle.

—¿Se lo ha dicho al Prior?

—Prefiero hablar con él a solas.

—Con esta cabeza mía, seguro que habré hecho algo mal —se lamenta.

Al oír estas palabras, el hermano Jerome recuerda lo que pensó sobre el hermano Carlos al entrar en el almacén.  

Su compañero se ha sentado en el suelo, parece mareado.

—Hermano, ¿se encuentra mal?

—Un poco mareado, pero ya se me pasa. Me avisó el doctor que podría sucederme con las pastillas que me recetó.

—Gracias a Dios. Y gracias a usted. Ayúdeme a levantarme y vayamos a ver al Prior.

Caminan agarrados del brazo y hablando entre susurros. El hermano Jerome entra en el despacho mientras que su compañero se queda fuera.

—Con su permiso. Tengo algo que contarle. Es muy urgente —exclama.

—Veo que está mejor. Yo me marcho —dice el doctor que se encuentra charlando con el Prior.

—Por favor, no se vaya —replica el hermano Jerome—. Reverendo Padre, el culpable del robo y del chichón que me va a salir no es otro sino el doctor.

—No sabe lo que dice. Debe de estar conmocionado —replica el médico.

—Usted ha drogado al hermano Carlos para que todos pensaran que estaba perdiendo la cabeza. Mientras le hacía pruebas en su consultorio hizo un molde de las llaves que siempre lleva consigo.  Esta noche no contaba con que yo bajara a esas horas al almacén, y al verme, se asustó y me golpeó.

—Pudo ser cualquiera. ¿Por qué supone que ha sido el doctor? —pregunta el Prior.

—Porque he reconocido sus pisadas. Debe tener una chincheta clavada en la suela del zapato y hace un ruido especial; el mismo que oí en el almacén y hace un momento en mi celda.

El hermano Jerome se vuelve hacia el doctor que se revuelve en su silla.

—Si no tiene nada que ocultar deje que veamos el contenido de su maletín.

El médico se levanta y sale corriendo hacia la puerta. Intenta abrirla, pero está atrancada. Alguien la está sujetando por fuera. Se oye una voz desde el pasillo.

—La policía no tardará en llegar. Ya les he avisado —grita el hermano Carlos desde el exterior.