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sábado, 17 de octubre de 2015

RELATO BREVE - EL ORO DE LA LAGUNA


En el verano de 1840 se reúne en Lago de Carucedo un pequeño grupo de hombres para dar la bienvenida a Enrique Gil y Carrasco, escritor que se halla por esas tierras documentándose para su novela El Señor de Bembibre.

Entre los asistentes se encuentra Francisco Macías, el alcalde, que sin dudar, le invita a pernoctar en su casa, situada en la plaza de Lairó. Don Enrique acepta encantado, deseoso de escuchar las leyendas que le narrará su anfitrión durante la cena. Tras los postres salen al corredor a fumar sendos cigarros.

—Lo que le pueda decir es porque lo he escuchado de boca de los vecinos de este pueblo. Sin embargo, puedo contarle mi propia historia.

Gil y Carrasco se acomoda en el sillón, toma un sorbo de cuturrús y le invita a comenzar el relato.

—Aunque han pasado cincuenta años, recuerdo como si fuera hoy mi llegada a Lago. La nave que yo capitaneaba había sufrido tal destrozo, por culpa de un saboteador, que impedía que nos pudiéramos unir a la flota espacial que se dirigía a Zelados para la reunión anual de los Planetas Unidos por la Paz. La avería sufrida no se podía arreglar ya que nuestros almacenes no contenían el oro necesario para fundirlo y taponar los agujeros. Sería imposible llegar a ningún planeta de la confederación si no reparábamos el desaguisado.

Se estudiaron los mapas y se decidió descender en el planeta más cercano,  en un lugar donde fuera fácil encontrar el metal que necesitábamos. Trasco era un planeta que habíamos estudiado desde todos los ángulos y que nuestros dirigentes querían conservan al margen de la confederación. Se pretendía que fuera un planeta virgen al que pudiéramos acudir en caso de absoluta necesidad ya que las condiciones de oxigeno y presión, eran compatibles con nuestro sistema vital. Buscamos el lugar idóneo y tras la coraza de invisibilidad y con los motores en silencio, amerizamos sobre una laguna. Bajo sus aguas, nuestros magnetómetros habían detectado ingentes cantidades de oro. Poco después de sumergir la nave empezamos a trabajar a buen ritmo.

El metal que necesitábamos descansaba en las profundidades, debajo de la antigua aldea tragada por las aguas. El oro se hallaba al alcance de nuestros robots y tras un procesamiento sencillo, nos serviría para arreglar los desperfectos.

Todo iba saliendo según lo previsto y en tres días terrestres estaríamos en condiciones de seguir nuestro camino. Sin embargo, nuestros planes se vieron entorpecidos cuando los radares captaron una embarcación acercándose hacia nosotros.

El barco estaba justo sobre nosotros. Un cuerpo cayó al agua, justo frente al cristal del puente de mando. No podíamos hacer otra cosa que capturarlo. Una voz se alzó indicando que debíamos suprimir esa presencia, aunque parecía obvio que no necesitaríamos actuar para que su vida se extinguiese por sí sola. Algo en mí hizo que intentara salvarla. Creo que la expresión correcta es “amor a primera vista”. Pedí a algunos miembros de la tripulación que la introdujeran en la nave. A los pocos minutos me avisaron de que la habían reanimado y que se encontraba muy confusa y asustada. Me presenté ante ella con la verdad por delante, pero ella creía que había muerto y estaba ante un ángel. Me hizo gracia su comportamiento y la invité a recorrer la nave.

—Me da la impresión que la dama en cuestión es ahora su esposa, ¿me equivoco? —preguntó Gil y Carrasco.

—Así es, el oro, remedio necesario para mi nave y riqueza para los terrícolas fue mi aliado para encontrar la pareja que llevaba buscando desde hacía muchos años. La pena es no haber podido tener hijos con ella por la incompatibilidad de nuestros genes.

—¿De sus qué…?

—Ah, señor mío, a veces no me doy cuenta de que ustedes todavía hay muchas cosas que desconocen. Durante el próximo siglo, seguro que la investigación avanzará por los derroteros de la genética.

—Su historia, real o inventada, es muy hermosa. ¿Y cómo la cortejó? ¿Qué fue de la nave y sus tripulantes?

—Eso, amigo mío, lo dejaremos para mañana.

RELATO BREVE - UN CRUCERO MÁS


—Por algún motivo nos encontramos —dice el hombre a una mujer que se encuentra a su lado en esos momentos—. Que ambos viajáramos solos fue un designio del destino. La primera vez que paseamos por cubierta hacía frío. Me quité la chaqueta y te cubrí los hombros. Sin querer, mis dedos rozaron tu piel y mi cuerpo vibró. Cuando me miraste, no hicieron falta las palabras. Supe que en tu vida el sufrimiento era la tónica general y quise transmitirte un consuelo que, a su vez, yo mismo necesitaba. Estaba previsto un temporal, pero no de tal magnitud. Un movimiento brusco nos arrojó al suelo. Te ayudé a levantarte y cogiéndote por los hombros fuimos a refugiarnos a mi camarote. Tenías miedo de estar sola con esa tormenta y yo de que tú tuvieras miedo. Nada más llegar, el vaivén fue demasiado para mi pobre estómago, que empezó a protestar. ¡Vaya primera noche contigo! Cuando desperté te habías ido. Un mensaje en el espejo del baño, escrito con pintalabios, anunciaba nuestro próximo encuentro: después de desayunar, en la piscina.

»Te observé desde la distancia; estabas sobre una tumbona. Al verme me sonreíste y reconocí en tus labios una promesa de amor eterno. Se me desbocó el corazón. Después de la cena nos apoyamos en la barandilla y me sugeriste que acudiéramos a mi camarote. Fue nuestra primera noche de amor. Formamos parte de un universo únicamente nuestro. El blanco y negro dejó paso a colores pastel donde se mezclaron jadeos, suspiros y sonidos de deseo.

»La mañana del tercer día volví a despertarme solo. ¿Cómo explicar la sensación de abandono?  Busqué algún mensaje que me indicara dónde podría encontrarte. Fui de un restaurante a otro intentando localizar tu silueta. Hasta por la noche no te encontré e ibas del brazo de un hombre. Volví a mi camarote sin que me vieras. Tomé pastillas para dormir y entre sueños me pareció sentirte entre mis sábanas.

»Durante el cuarto día no salí de mi camarote, no quería tropezarme contigo y sin embargo, mi piel ansiaba fundirse con la tuya. Cuando viniste a recogerme para ir a cenar, ni siquiera te pregunté dónde habías pasado las horas anteriores. Quedaban tres noches, tras las cuales presentí que desaparecerías.

»A la mañana siguiente estabas en mi cama. La visita a Atenas nos llevó todo el día y al volver fuimos a mi habitación para saciar nuestros fuegos. Recuerdo muy poco de lo que me contaste de tu vida. Me diste un nombre, Susana, para que pudiera susurrarlo mientras te amaba. Sólo me interesaba que comenzaras una relación seria conmigo. Ahora recuerdo que me hablaste que habías embarcado con tu hermano y su mujer.

»El sexto día de crucero parecías rara, pero lo achaqué a que era la última noche que pasaríamos juntos. Disfrutamos de los lujos del buque y, tras la cena de gala, volvimos a mi cama. Después de hacer el amor salimos a la terraza. Me serviste una copa y te fuiste al baño. Tiré el líquido al mar; ya habíamos tomado mucho alcohol y no quería que afectase a mis facultades. Aún así, como tardabas, me adormecí. Un poco más tarde oí a un hombre que te preguntaba si me había hecho efecto el narcótico y contestaste que sí. Preferí hacerme el dormido y escuché como rebuscaba en los cajones, me imagino que para llevarse todo cuanto había de valor. ¿Por qué te quedaste aquí? No puedes contestar porque te he amordazado, ya lo veo. Cuando antes te lo pregunté me mentiste diciendo que nada de lo que oí era cierto. No eres la primera mujer que me engaña, ¿sabes? Pensé que contigo sería diferente, pero ha vuelto a suceder y no que me queda más remedio que hacer lo de siempre. Te tiraré por la borda, pero solo será un momento, luego no sentirás nada.

                      
En el muelle su médico está esperándole. La terapia de estos viajes parece sentarle bien a su esquizofrenia.

—¿Qué tal la travesía?

—Muy bien. Cada vez me gustan más estos barcos. Mañana mismo contrato otro.

—¿Has tomado tu medicación?
—Por supuesto y no he tenido alucinaciones. Todo ha transcurrido muy bien, como las otras veces. 

RELATO BREVE - EL HEROISMO DE "EL NENE"


Manuel nació en el seno de una familia muy humilde al otro lado del Atlántico y el mejor juguete con el que disfrutó fue un balón que su madre había encontrado en una papelera. Con el tiempo, un ojeador descubrió su talento con el esférico y le fichó para jugar en el equipo local.

Con su madre, viuda desde hacía años, se estableció en un piso grande y luminoso. Su nombre fue sonando a medida que sus goles levantaban de los asientos a los hinchas de la ciudad. Después de varios años, durante el mercado de invierno, le fichó un equipo español de segunda división: el Villarrando. La temporada se presentaba difícil y para remate, en el primer partido como titular, la entrada de un jugador contrario le provocó una lesión, que le mantuvo fuera de los campos durante dos meses.

Se acercaba el final de la liga y el Villarrando figuraba entre los primeros de la tabla. La decisión de haberle contratado se cuestionaba en todos los informativos. Comparado con los fichajes de los grandes equipos, el suyo había costado poco dinero, pero la sensación general era que había sido un gasto inútil, dado que su tan esperado tiro a puerta no se había llegado a producir.

Su reaparición tres partidos antes del final de la liga fue espectacular; metió dos goles que pusieron en pie a los espectadores. Al finalizar el penúltimo encuentro todos tenían claro que si ganaban el siguiente, subirían a primera.

Los problemas económicos acuciaban al club, o para ser más precisos, al presidente de la entidad, quien por boca del entrenador, informó a los jugadores que carecían de los recursos necesarios para las obras que deberían acometer si ascendían. No hacía falta decir más, todos sabían lo que tenían que hacer.

El Nene, como le habían bautizado los comentaristas, no pudo dormir en toda la noche; su futuro pendía de un hilo. Si descubrían el engaño su carrera se acabaría.

Llegó el día del partido y al salir al campo, el clamor del jugador número doce le puso la carne de gallina. El primer tiempo terminó con empate a cero. El gentío abucheaba a su equipo viendo que no se esforzaba como debía. En el vestuario lo discutieron entre todos: estaban engañando a una afición por la codicia de su presidente.

En la segunda parte, el espíritu cambió y atacaron con ganas la portería contraria. El público, ahora, les aplaudía agradeciendo su juego. Así comenzaron a llegar balones a los pies de El Nene.

—¡Goool...! —rugió los asistentes con el primero que marcó en el minuto diez.

—¡Goool! —retumbó el campo con el segundo.

—¡Gol, gol, goool de El Nene! Ya estamos en primera división —se desgañitó el comentarista de la radio local.

Todos los medios de comunicación, le calificaron de héroe. Su madre le expresó su parecer sobre los artículos que habían leído.

—Los periodistas usan la palabra héroe a la ligera. Hijo, para mí tu heroísmo se basa, no en meter goles para que tu equipo ascienda, sino en trabajar y no dejarte influenciar por las intenciones de unos sinvergüenzas a los que deberías denunciar.

Después de estas palabras, Manuel llamó a varios jugadores. Todos se pusieron de acuerdo en ir a la oficina del presidente para hablar con él, ya que bien podría ser que el entrenador les hubiera mentido.

Mientras tanto, en su despacho, el presidente del club, Aniceto Domingo, destruía papeles; sabía lo que se le venía encima. La gesta del futbolista destaparía el robo que había estado llevando a cabo durante años.

Llegaron cuando el presidente se dirigía hacia su coche portando varias bolsas de plástico. Al verles corrió hasta el vehículo, pero los jugadores fueran más rápidos que él y le rodearon. Sus prisas confirmaron que ocultaba algo y, para más evidencia, vieron como una bolsa se rompía, dejando escapar de ella fajos de billetes.

Poco después, un titular rezaba: «Aniceto Domingo ha sido detenido por un presunto delito de estafa. Fue desenmascarado por los jugadores del equipo que él presidía, que se han comportado como lo que son: unos auténticos héroes».

RELATO BREVE - LA FÓRMULA DEL CHARTREUSE


El hermano Jerome se levanta el hábito hasta las rodillas y baja a la bodega. El peligro de escurrirse por la humedad es evidente y lo último que necesita es que un accidente retrase su cometido.

El olor a Chartreuse inunda el recinto igual que lo viene haciendo desde el siglo dieciocho. Camina entre la filas de cubas hasta llegar al fondo de la nave. Allí, tras una puerta, se encuentra la posesión más preciada para los monjes cartujanos. Introduce  la llave en la cerradura y ésta cede al primer giro. Desde la entrada comprueba que la estancia está iluminada. Llama al hermano Carlos, pero nadie contesta.

Gracias al tiempo benigno que han tenido durante el invierno, la cosecha de hierbas aromáticas utilizadas para preparar el licor, ha sido muy productiva y los fardos, repletos, están en sus correspondientes anaqueles.
                               
Su primera impresión es que el encargado del almacén ha olvidado apagar las luces y cerrar la puerta con los cuatro giros de llave. “Debo hablar con el prior porque la cabeza del hermano Carlos empieza a desvariar”. Recuerda que el sabor de la última remesa de Chartreuse verde era tan distinto al habitual, que tuvieron que desecharlo. Y menos mal que él se dio cuenta antes de empezar con el proceso de envasado.

Atraviesa la sala y llega al recinto donde se encuentra el verdadero tesoro. Ve la caja fuerte vacía. Mientras marca el número de su superior, para avisarle de que han robado la fórmula, oye unas pisadas. Va a darse la vuelta, pero no le da tiempo; un golpe en la cabeza le deja sin conocimiento.

Se despierta en su celda. Antes de abrir los ojos escucha pasos a su alrededor. El médico del pueblo y el prior están a los pies de la cama. Cuenta a su superior que han robado la fórmula, pero el médico, al instante, recomienda dejarle solo para que descanse.

El hermano Carlos entra en la habitación poco después.

—¿Qué le ha pasado?, —pregunta preocupado.

—Había alguien en la sala. Me golpeó antes de que pudiera verle.

—¿Se lo ha dicho al Prior?

—Prefiero hablar con él a solas.

—Con esta cabeza mía, seguro que habré hecho algo mal —se lamenta.

Al oír estas palabras, el hermano Jerome recuerda lo que pensó sobre el hermano Carlos al entrar en el almacén.  

Su compañero se ha sentado en el suelo, parece mareado.

—Hermano, ¿se encuentra mal?

—Un poco mareado, pero ya se me pasa. Me avisó el doctor que podría sucederme con las pastillas que me recetó.

—Gracias a Dios. Y gracias a usted. Ayúdeme a levantarme y vayamos a ver al Prior.

Caminan agarrados del brazo y hablando entre susurros. El hermano Jerome entra en el despacho mientras que su compañero se queda fuera.

—Con su permiso. Tengo algo que contarle. Es muy urgente —exclama.

—Veo que está mejor. Yo me marcho —dice el doctor que se encuentra charlando con el Prior.

—Por favor, no se vaya —replica el hermano Jerome—. Reverendo Padre, el culpable del robo y del chichón que me va a salir no es otro sino el doctor.

—No sabe lo que dice. Debe de estar conmocionado —replica el médico.

—Usted ha drogado al hermano Carlos para que todos pensaran que estaba perdiendo la cabeza. Mientras le hacía pruebas en su consultorio hizo un molde de las llaves que siempre lleva consigo.  Esta noche no contaba con que yo bajara a esas horas al almacén, y al verme, se asustó y me golpeó.

—Pudo ser cualquiera. ¿Por qué supone que ha sido el doctor? —pregunta el Prior.

—Porque he reconocido sus pisadas. Debe tener una chincheta clavada en la suela del zapato y hace un ruido especial; el mismo que oí en el almacén y hace un momento en mi celda.

El hermano Jerome se vuelve hacia el doctor que se revuelve en su silla.

—Si no tiene nada que ocultar deje que veamos el contenido de su maletín.

El médico se levanta y sale corriendo hacia la puerta. Intenta abrirla, pero está atrancada. Alguien la está sujetando por fuera. Se oye una voz desde el pasillo.

—La policía no tardará en llegar. Ya les he avisado —grita el hermano Carlos desde el exterior.

RELATO BREVE - SUCEDIÓ EN SANTIAGO


Desde el otro lado de la mesa, un joven me anima a relatar lo sucedido.

—Aunque estoy seguro de que no me va a creer, le juro que ocurrió como se lo voy a contar.


“Corría el mes de octubre de 1975 cuando salía por la Nacional VI en dirección a Santiago. En aquel entonces trabajaba para una firma de relojes y estos viajes rutinarios me encantaban, aunque a mi mujer la sacaban de quicio, sobre todo después de haber parido tres hijos mientras yo estaba fuera.

Después de 600 kilómetros parando cada poco tiempo porque el motor de mi Seat 133 se calentaba y debía rellenar de agua el radiador, llegué a mi destino ya de noche. No era la primera vez que pernoctaba en esa ciudad y acudí, como siempre, a la pensión La Neniña.

Pues como le iba diciendo, dejé la maleta y pasé por el bar Ferreira para comer un bocadillo. Cuando entré en el local lo encontré vacío a excepción de un señor que ocupaba una de las mesas. En cuanto me vio, hizo gestos para que me acercara.

—¿No atiende nadie? —le pregunté observando que no tenía ninguna consumición.

—Estos camareros de hoy en día no son como los de mis tiempos. ¡Mire! —dijo señalando el ventanuco que comunicaba el bar con la cocina y por donde había aparecido la cabeza de un joven.

Cuando me acercaba a la barra, el hombre llamó mi atención.

—¡Escuche!  Seguro que ni han notado su presencia. Estos tipos miran sin ver. A mí me gustaría tomarme un ribeiro, pero es imposible, y lo he intentado, no crea —dijo soltando una gran carcajada.

A mi pregunta de por qué lo decía, me respondió: “Porque los muertos, mal que nos pese, no podemos saciar nuestros apetitos”

Hice intención de alejarme de aquel hombre que, sin duda, estaba loco.

—¿Dónde cree que va?  Para alguien que puede darme conversación no dejaré que se marche —dijo cerrándome el paso.

Le miré asustado, pero su aspecto no era amenazante, sino afligido. Me dio tanta lástima el pobre, que me senté junto a él.

—¿Por qué dice que está muerto, alma cándida? —le pregunté.

—¡Carallo!  Porque lo estoy. ¡Mire! —y acercándose a la pared la atravesó como si fuera una cortina de agua. Al momento volvió a aparecer a mi lado. Me quedé con la boca abierta.

—¿Y por qué está aquí y no se ha ido donde tengan ir los muertos? —pregunté con un hilo de voz.

—Debo cuidar de mi niña. Se ha quedado al frente del bar, los camareros son unos sinvergüenzas y su marido un hijo de mala madre. La engañan todos y la tonta no lo sabe.

Logré serenarme y, al ver su cara compungida, me ofrecí para decírselo a su hija.

—A usted no le escuchará. Si me fiara de las médium…, mi hija es un poco bruja, ¿sabe?, pero no sé…, todas son unas farsantes.

Al lado de mi pensión había visto un cartel anunciando una tal Mademe Rolín y se me ocurrió comentárselo al hombre para que lo intentara. El caso es que después de un rato sin haberme tomado ni un ribeiro, salimos en busca del remedio para que el difunto descansara en paz.

Cuando llegamos al local, la puerta estaba abierta. Sentada al lado de una estufa había una mujer con el pelo encrespado que me recordó a las meigas de los relatos gallegos.

—Por favor, señora, ¿puede ver al hombre que me acompaña? —pregunté.

La mujer nos miró y abrió los ojos como si fueran a salírsele de las órbitas.

—¡Por el Apóstol y todos los santos!,  —exclamó dando vueltas a mi alrededor—. Claro que le veo. Él es un espíritu normal. Pero usted, usted…

Empezaba a preocuparme por sus palabras cuando mi compañero rompió el silencio.

—Quiere decir que usted también está muerto. ¡Qué carallo! ¿No lo sabía?

—No está muerto, pero le falta poco. Debe estar en coma porque le veo borroso —dijo la médium—. Hombre de Dios, aférrese al mundo y lo conseguirá. Piense en su familia, piense en ellos, piense …

De pronto mi mujer me zarandeaba en la cama de un hospital”.


El joven del otro lado de la mesa me mira sin inmutarse.

—Doctor, ¿cree que estoy loco?

RELATO BREVE - TRES FUTUROS Y UN LIBRO


Corría el año 1931 y a los padres de Begoñita poco les importaba que el rey Alfonso XIII se hubiera exiliado, que Alcalá Zamora dirigiera el gobierno provisional y que dos mujeres hubieran sido elegidas diputadas. Les traía sin cuidado el republicanismo conservador, la guerra del Rif y la reforma agraria.  Su único interés versaba en que las vacas dieran buena leche, que las gallinas pusieran huevos y que los cerdos se criaran gordos para abastecer la despensa después de la matanza. Entre este ambiente rural y la escuela como lugar de asueto, se crió la niña y conoció la vida que le esperaba.

Al llegar a la juventud se echó de novio a un muchacho del pueblo vecino. Aunque la joven había oído que sus galanterías no iban sólo en su dirección, prefería no hacer caso a los rumores y seguir haciendo planes de futuro junto a  él.

Uno de tantos días, cuando bajó a lavar, vio un libro que asomaba entre unas piedras. Dejó de lado su obligación y se dedicó a hojearlo. Al llegar unas paisanas con los cántaros en busca de agua, lo guardó en un bolsillo del mandil para leerlo en cuanto tuviera ocasión. El momento llegó antes de lo esperado; ese día el hermano que debía llevar las vacas a pastar tuvo fiebre y ella ocupó su lugar. Una vez en el prado, se sentó y comenzó la lectura.

Hablaba de una joven que se llamaba como ella y que había nacido en un pueblo como el suyo. La protagonista había sufrido el maltrato de su marido, pero, por fortuna, él la había abandonado. Para evitar ser la comidilla de todos, se trasladó a Madrid donde conoció a un importante ministro. El hombre la introdujo en sus círculos sociales y, poco a poco, la influencia de la mujer se dejó ver en sus decisiones políticas. La historia tenía un final feliz porque la pareja, aún sin pasar por la vicaría, vivió feliz el resto para siempre.

Begoñita vio en la narración una señal, un aviso de lo que podría llegar a ser su vida futura si se casaba con un novio casquivano y volvió a su casa dispuesta a cambiar su destino. Para ello encontró la solución en la figura de un joven de la capital que había conocido durante las fiestas. El flechazo había sido instantáneo y prometieron escribirse. La joven a base de papel y pluma dio forma a una relación que terminó los dos años más tarde en el altar.

Después de la boda, mientras preparaba la maleta para el viaje, encontró en el armario el libro que tanto la había impresionado. Acarició su portada y le agradeció haberla abierto los ojos y alejado de un futuro que nada tenía que ver con sus ensueños.

Su felicidad fue efímera. Por problemas en el parto, la joven murió sin saber que había tenido una niña a la que le pusieron su mismo nombre. Manuel al no poder cuidarla, la llevó con sus abuelos maternos y así fue como la niña fue criada en el mismo ambiente que su madre, aunque con más comodidades.

Durante el año 1971, con una nieta de dieciocho años, los abuelos seguían más interesados en sus animales y en su huerta que en lo que sucedía en España, pero Begoña, que pasaba temporadas con su padre, se había enterado, entre otras muchas noticias, de que había un príncipe Juan Carlos, que los Estados Unidos luchaban contra Vietnam y que se había fundado la Asociación de Mujeres Empresarias. Un día encontró el libro y lo que leyó la dejó impresionada. Lo volvió a dejar en su sitio y tomó una decisión: su futuro estaba escrito en aquella historia. Se trasladó a Madrid y estudió Derecho para meterse en política. Tres años más tarde se casó con un compañero de clase y sus aspiraciones se enfocaron en una sola dirección: cuidar de su pequeña Bego.

En el año 2011, Bego acudió al pueblo de sus bisabuelos para vaciar la casa y ponerla a la venta. En un armario encontró un libro titulado Su Futuro. A medida que pasaba las páginas, revivió su pasado ya que ella había sufrido maltrato. En cuanto a su futuro, ella misma lo había escrito. Se dedicaba a la política y su carrera no podía ser más brillante.

RELATO BREVE - EL TESTAMENTO DE CARLOS


Una puerta oscura, con la mirilla de latón gastada por años de bruñido, dio la bienvenida a Matilde en un frío día de febrero. Un muchacho le franqueó la entrada.

—Buenos días señora Aguirre. Su marido tiene una visita. En cuanto se quede libre la aviso.

La condujo hasta una sala que en esos momentos se encontraba vacía. Matilde se quitó los guantes y se frotó las manos para desentumecerlas.

«¡Qué recuerdos me trae este lugar! Aquí conocí a Carlos y a Enrique siendo una adolescente. Hace ya treinta años que dejé de trabajar entre estas paredes, sin embargo, todo parece estar igual que entonces».

Pasados unos minutos el pasante regresó y la acompañó hasta el despacho de Enrique Aguirre. Matilde se acercó a él para saludarle y después se aproximó a la chimenea buscando entrar en calor.

—Hola, querida. ¿Al final Silvia no ha podido venir?

—La llamé, pero tenía un viaje de negocios que no podía posponer. ¿Y Aurora? —preguntó Matilde.

—No creo que tarde.

Enrique se acercó a la mujer y la tomó de las manos.

—Matilde, mantente tranquila. No tendrás dudas, ¿verdad?

—No. Pienso igual que cuando lo planeamos hace dos años.

El ruido de la puerta al abrirse rompió el momento en que ambos anclaban sus miradas en uno de los volúmenes del Aranzadi. El pasante les avisó que Aurora García y su abogado habían llegado.

Cuando el notario abrió el sobre que contenía el testamento del finado, las tres personas le observaban sin pestañear.

Después de los preliminares, les informó que Carlos Redondo de la Fragua había dejado a su actual pareja, Aurora García Tizón, el libro de poemas que ella le regaló en su primer aniversario. A Matilde Sánchez Fernández la colección de vinilos que compraron en su viaje de novios a Londres. El resto de sus bienes pasarían a su hija Silvia Redondo Sánchez.

Aurora, una mujer de poco más de treinta años, se levantó del asiento con tal ímpetu que la silla cayó al suelo. Su abogado la sujetó del brazo y le rogó que se calmara; ya estudiarían la manera de impugnar el testamento. Ella, precedida del joven letrado, salió de la sala dando un fuerte portazo.

Al quedarse solos, Enrique y Matilde sonrieron y poco después la mujer abandonó la notaría. Enrique alcanzó el volumen del Aranzadi y sacó de él un sobre. Mientras lo abría se acercó a la chimenea. Contenía el primer testamento de Carlos en el que nombraba única heredera a su actual pareja.

Mientras los papeles se consumían entre las llamas, Enrique recordó que cuando llamó a Matilde para comunicarle que Carlos había testado, ella no le preguntó por su contenido; sabía que no se lo diría.

Siempre había estado enamorado de Matilde y, tiempo después de que Carlos la dejara, habían comenzado a salir. Aunque en varias ocasiones le había pedido que hicieran público su noviazgo e incluso que se casaran, ella no había dado su consentimiento; su moral no se lo permitía.

Cuando a Carlos le informaron que le quedaba poco tiempo de vida, él ya sabía de la relación de su amigo y su ex mujer y también que ella no se volvería a casar mientras él viviera. Quería lo mejor para Matilde y sabía que Enrique la haría feliz. Por eso ideo un plan, un chantaje para conseguir unirla con su antiguo socio y amigo de la infancia. Enrique debería hacer creer a Matilde que el testamento favorecía a su nueva pareja, dejando sin herencia a su hija y, por si era necesario enseñárselo, compusieron uno. Conocía bien a su ex y sabía que ella haría todo lo posible para que Silvia no se quedara sin nada. Enrique debía convencerla de que él podría variar las últimas voluntades siempre y cuando le diera el “Sí Quiero”. La mujer aceptó de buen grado, juntos guardaron el sobre que contenía el testamento original dentro de un volumen del Aranzadi y redactaron uno nuevo. Matilde pensó que habían falsificado la firma de su ex, pero Carlos lo firmó de su puño y letra para que no hubiera problemas en el futuro; no quería que su última pareja obtuviera ningún beneficio al estar seguro de que su relación con él era sólo por interés.

RELATO BREVE - UNA NOVELA EN 3D


La habitación del hotel de Valencia respondía a todas sus expectativas: exterior, luminosa y con vistas. Con los últimos avances tecnológicos era el lugar indicado para regresaran las musas, que la habían abandonado en los últimos tres meses. 
Ana Prieto había publicado varias obras y todas con gran éxito comercial. Su editor, temiendo el síndrome de la página en blanco, le había reservado un fin de semana en aquel lugar para ver si allí conseguía terminar la novela.

Después de deshacer el equipaje salió a dar un paseo por la playa y, a la vuelta, llamó a su editor.

—David, si querías que descansara, lo vas a conseguir. Es un lugar perfecto.

Él se rió y le prometió que no se aburriría. Ana colgó sin saber a qué se refería, pero no le dio importancia.

Después de que le subieran la cena se sentó ante el ordenador y abrió el fichero de la novela en la que estaba inmersa. Trataba sobre un asesinato. La inspectora que llevaba el caso había descubierto que el homicida había sido el padre de una joven a la que la víctima había violado. El problema vino cuando la policía se enamoró del asesino y le asaltaron las dudas de si debía o no entregarle. Faltaba el desenlace y Ana vacilaba entre si la protagonista debía realizar su trabajo ó eliminar la prueba incriminatoria que tenía en su poder.

Eran las once de la noche cuando unos golpes desviaron la atención de la escritora hacia la puerta. Preguntó antes de franquear la entrada y la voz de una mujer contestó que era el servicio de habitaciones. Abrió y se encontró con una chica llorando. Le imploró que la dejara pasar porque debía darle un mensaje urgente. Una vez dentro, la joven se explicó:

—Mi padre me adora y ha asesinado al hombre que me violó. Ahora es probable que vaya a la cárcel y me siento culpable.

Aún sollozando, la muchacha salió corriendo. Ana se quedó sin palabras y estuvo durante toda la noche dando vueltas a lo ocurrido.

A la mañana siguiente bajó a desayunar a la cafetería y cuando se disponía a irse, un hombre la abordó y le pidió que le escuchara. Ella volvió a la mesa y con un gesto le invitó a sentarse.

—He matado al malnacido que violó a mi hija. Sé que iré a la cárcel y me siento culpable, no por el asesinato, sino porque mi hija se quedará sola.

Dichas estas palabras se levantó y se fue dejándola con la boca abierta. Ana empezaba a pensar que sufría alucinaciones.

A las once llamaron a la puerta. La abrió sin molestarse en preguntar quién era. Encontró a una mujer que se presentó como inspectora de policía. Directamente, Ana se retiró para que pasara. Sin más preámbulos la invitada comenzó:

—Tengo dudas morales. Al fin y al cabo debo hacer cumplir la ley y he encontrado a un asesino, por lo tanto tengo obligación de entregarlo a la justicia.  Sin embargo, me he enamorado de él y comprendo sus motivaciones.

Después de decir esas palabras se marchó. Ana pensó que las visitas que había recibido probablemente eran fruto de su imaginación.

Al día siguiente, en el taxi que la conducía hacia el aeropuerto, el conductor le contó una historia.

—Un amigo mío se enamoró de una joven, pero por un maletín que ella olvidó en su coche, descubrió que pertenecía a un clan dedicado al robo de obras de arte. Por aquel entonces trabajaba como chofer para un magnate de la industria hotelera. Ella le sonsacó información para perpetrar un robo en la mansión de su jefe. Mi amigo le pidió que no lo hicieran y ella, riéndose, le contestó que nadie le creería porque, si se iba de la lengua, le acusaría de haberla violado. Al final, ella le denunció, pero su padre, temiendo que el negocio se le escapara de las manos, le asesinó.

En el aeropuerto, mientras esperaba la salida del vuelo, Ana llamó a su editor para informarle que había encontrado el final perfecto para la novela. David le preguntó si no había sucedido nada sorprendente durante su estancia.

—Los actores geniales y la representación, un éxito —contestó Ana riendo.

RELATO BREVE - LA HABITACIÓN 604



Conchi es enfermera y sabe como taponar la herida producida por un disparo. Su deseo en esos momentos es mirar hacia la calle por la terraza de la habitación 604, en el hotel de Almuñecar donde nunca debían de haber ido, pero sabe que si deja de presionar, el hombre podría desangrarse.

 —Enseguida vendrá una ambulancia, tranquilo, no hables.

No sólo llegarán los médicos, ella sabe que  con ellos también vendrá la policía y le inquieta lo que pueda pasar a partir de ese momento.

Son las tres de la mañana, sólo han pasado diez minutos desde que comenzó todo. Llevaba dos noches con la almohada empapada de sudor porque el aire acondicionado no funcionaba en condiciones y, entre ese detalle y los sofocos por la menopausia, no conseguía conciliar el sueño. Mira que le había rogado a su marido que reservaran un hotel en Galicia, allí tendría el descanso asegurado, pero él se empeñó en que fueran a Granada. Si la hubiera hecho caso…, pero no, siempre tenía que salirse con la suya.

Recuerda que no podía dormir, miró el reloj y cada minuto que pasaba los nervios se apoderaban de ella más y más. Se levantó y se dirigió a la terraza para fumar. Al momento oyó pasos en el pasillo que se detuvieron al llegar a la puerta de la habitación. Notó como se movía el picaporte y se asustó. Salió y se escondió. No entiende  porqué no chilló para que el intruso desistiera, pero no tuvo valor. Quizás debería  haber gritado y el desastre se hubiera evitado.

Vio como un hombre se acercaba hasta la cama. Después pudo observar la silueta que iba hasta la puerta y miraba el número.  Entonces el sujeto retrocedió y encendió la luz. Preguntaba con insistencia dónde estaba Conchi, y ella, reconociéndole por la voz, se encogió aún más en el rincón que creía seguro.

Oyó un disparo y después Luis salió a la terraza y la encontró. Dijo que iba a matarla. El miedo, en vez de paralizarla, hizo que sacara fuerzas aún no sabía de dónde y se enfrentó a él. Después de un forcejeo le empujó y el hombre cayó por la barandilla.

Conchi empieza a temblar cuando la policía y el Samur entran en la habitación. El inspector Fernández se presenta y le dice que salga con él a la terraza. Allí, entre sollozos, le cuenta lo sucedido. Ahora que Carlos está siendo atendido puede dar rienda suelta a los nervios.

—Fue usted muy valiente, señora —asegura el inspector—. El individuo que cayó desde aquí ya no volverá a atacar a nadie, ha muerto. Ya puede usted volver con su marido, y acompañarle al hospital. Espero que se salve. Por cierto ¿el arma es de ustedes o la trajo el ladrón?

—Señor inspector, creo que hay un malentendido. Mi esposo se había ido a Cáceres unos días para cerrar un negocio y no debía volver hasta mañana. El de la habitación es un amigo especial. Mi marido es… —dijo señalando hacia la calle con la cabeza.

lunes, 6 de julio de 2015

RELATO BREVE - LA CERILLERA DEL MOULIN ROUGE

Hacía tres años que la Primera Guerra Mundial había terminado, tres años aguardando la vuelta de su amado Jean Pierre, tres años de desasosiego. Nunca le perdonaría haber roto la promesa que le hizo desde la ventanilla del tren que le conduciría al frente. “¡Espérame, volveré muy pronto! La última noticia que tuvo de él llegó a través de una carta escrita antes de la segunda batalla de Marne y que
Juliet recibió cuando la tinta en el tratado del armisticio estaba ya seca.

Los compañeros que regresaron, cansados, pero orgullosos de su papel en la gran contienda, no arrojaron luz sobre su paradero. No figuraba como caído, tampoco como desaparecido o prisionero; simplemente se había desvanecido.

Los recuerdos de Jean Pierre, junto con la lluvia que caía a raudales en esa noche de otoño, causaban en Juliet una sensación de indefensión, un malestar que le subía desde el estómago hasta la garganta. Se vistió con el uniforme y se maquilló para disimular las ojeras originadas por tantas noches de insomnio. En el trabajo, que su amiga Margot le había conseguido como cerillera en el Moulin Rouge, su jefe le había dejado claro que el público acudía allí para divertirse y que ella debía ofrecerles la mejor de sus sonrisas. Dejó su oscuro apartamento con vistas al cementerio de Montmartre y caminó sorteando los charcos hasta el cabaret.

Desde una esquina de la sala se fijó en los clientes que habían empezado a ocupar las mesas. Las damas, con vestidos de lentejuelas, boas, largos collares de perlas, plumas y un intenso maquillaje, y los hombres, ataviados con trajes, pañuelos en los bolsillos y calcetines combinados con zapatos de dos tonos, irradiaban sensualidad y marcaban el contrapunto entre el esnobismo de las clases pudientes y  la miseria provocada por la guerra. La función empezaría en diez minutos y para entonces los camareros tendrían que hacer malabarismos para llegar a las mesas con las bebidas.

Unos clientes habituales, con gestos, le indicaron que se acercara. Cuando volvía hasta su rincón después de atenderles, tropezó con una mujer y parte de la mercancía que llevaba en la bandeja cayó al suelo. El acompañante se agachó para ayudarla y Juliet le dio las gracias. Al incorporarse sus ojos se encontraron. La pareja se marchó sin reparar en el efecto que este tropiezo había ocasionado en la joven.

—¿Sabes quién era esa pareja? —preguntó Juliet con voz entrecortada a otra cerillera que había visto la escena.

—Son Jean Pierre Algoud y su mujer. Acaban de regresar. Han estado dando la vuelta al mundo durante un año y, después de la función, darán una fiesta privada a sus amistades —contestó.

Juliet salió a la calle; se ahogaba. Corrió sin rumbo intentando dejar atrás la recurrente pesadilla hecha realidad. Su huida la llevó hasta el Pont de Neuilly bajo el cual las aguas del río Sena fluían veloces hacia su destino.

Sus lágrimas y la intensa lluvia la empapaban. Su vida estaba acabada. Jean Pierre, el hombre al que había añorado, al que había guardado ausencia, al que había amado con todo su ser, ni siquiera la había reconocido. Se encaramó a la barandilla y saltó.

Un fotógrafo, que en ese momento tomaba instantáneas desde un yate  por el río, vio a través de la cámara como una mujer se precipitaba al agua y, sin pensarlo, se lanzó a salvarla. La subieron al barco y consiguieron reanimarla.

Lo primero que vieron los ojos Juliet al abrirse fue una sonrisa alegre enmarcada en un rostro atractivo. Poco a poco se recuperó del golpe y consiguió articular algunas palabras.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—Tranquila, está a salvo, Me llamo Man Ray y usted es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

martes, 16 de junio de 2015

RELATO BREVE - MISTERIO EN EL ORIENT EXPRESS

Dolores y Pascual eran un matrimonio con la monotonía y las disputas habituales de toda pareja con una larga convivencia. Su vida cambió cuando durante una Navidad la suerte les acompañó y ganaron el primer premio de la lotería. A partir de entonces y durante algún tiempo, la única discusión que enturbió su relación fue decidir si su primer viaje sería en el misterioso Orient Express o en un glamuroso crucero por el Nilo.
       
Siempre habían sido aficionados a las películas de intriga y las basadas en las obras de Agatha Christie eran su debilidad. La mujer había manifestado en varias ocasiones que si tuvieran dinero le gustaría realizar esos viajes y su marido, aún creyendo que nunca alcanzarían ese sueño, había compartido su ilusión.

Volaron desde Madrid a Paris y a las tres de la tarde se acomodaban en uno de los coches cama del mítico tren.

—Sólo falta que nos encontremos a Hércules Poirot en la cafetería —dijo Dolores en cuanto se instalaron. La suite estaba totalmente equipada y conservaba el aire de lujo y sofisticación que recordaban haber visto en las películas.

La primera noche, Dolores oyó a dos hombres a través del fino tabique de madera que separaba las estancias. Parecían enzarzados en una discusión que terminó con un ruido sordo que bien podría haber sido un disparo. La mujer se incorporó de golpe en la litera y a punto estuvo de despertar a Pascual, sin embargo antes de hacerlo, se tranquilizó a sí misma pensando que quizás estuviera sugestionada por la cantidad de veces que había visto el Asesinato en el Orient Express y Desde Rusia con amor.

Por la mañana lo comentó con su marido y él, con una sonrisa y seguro de que no le haría caso, le dijo que era mejor no se metiera en lo que no le incumbía. Dolores, inquieta, decidió por un lado dar la razón a su marido, pero por otro investigar discretamente.

De camino a la cafetería se encontraron con el revisor. Dolores pidió a Pascual que se adelantase mientras ella le preguntaba sobre sus vecinos. El hombre sabía que su esposa no pararía hasta desentrañar el misterio que ella misma había forjado en su cabeza y, divertido, la dejó a su aire.

Supo entonces que en ese compartimento viajaba el actor de cine Ernesto Atienza y que su secretario personal ocupaba la suite siguiente.

—Hace un rato he visto que el camarero les traía el desayuno. Después me he encontrado con el secretario y me ha dicho que el señor Atienza se encontraba indispuesto —le dijo.

¿Y si en vez de indispuesto estaba muerto? Esa idea provocó que Dolores no pudiera desayunar tranquila. Su marido la convenció de que no dijera nada de lo que había oído o la tomarían por loca.

Llegarían a Budapest sobre las cuatro y allí pasarían el día. A las tres y media Dolores dijo que se iba a acercar a la cafetería para comprar unas botellas de agua. Cerró la puerta de su compartimento y llamó a la del vecino, pero nadie abrió.

Volvieron al tren al día siguiente y comenzó el trayecto hacia Sinaia en Rumanía. Por la noche volvió a oír voces; esta vez eran de un hombre y una mujer. Oyó como alguien se marchaba. Dolores entreabrió su puerta y vio la espalda de una mujer vestida con un kimono rojo alejándose por el pasillo.

Sin poder resistir la curiosidad, se puso la bata y se acercó hasta la cafetería. Estaba desierta y la mujer había desaparecido. Al volver a su suite llamó de nuevo al compartimento vecino; no contestaron. Se quitó una horquilla y con destreza hurgó en la cerradura. La puerta giró sobre sus goznes. No había nadie. Un papel sobre el escritorio llamó su atención. Estaba escrito con letras recortadas de alguna revista y decía: “TE ESPERO EN EL VAGÓN RESTAURANTE”

Se dirigió hacia allí y observó que las luces estaban apagadas. Abrió la puerta justo en el momento en que las lámparas se encendieron. Se quedó clavada en la puerta sin poder reaccionar.

Su marido, sus padres, sus suegros, su hijo con su mujer vestida con un kimono rojo y otra gente desconocida estaban debajo de una pancarta que rezaba:

“FELIZ CUMPLEAÑOS DOLORES”

domingo, 31 de mayo de 2015

RELATO BREVE - VIAJE A LAUSANA


Medalla de oro en Netwriters Tintero - Tema: La plaza del pueblo - 28/05/2015
Mientras se dirigía hacia la parada de autobús que la conduciría a un destino incierto, sus ojos se empapaban de las imágenes cotidianas:  los chopos con el peculiar sonido de sus hojas, los perros y gatos sueltos, los tiestos plagados de geranios en las puertas de las casas… No tenía ni la menor idea de cuándo volvería a disfrutar del aroma de los campos ni a escuchar el sonido de las campanas de la iglesia llamando a misa. Pero sobre todo, ya estaba echando de menos la ternura de los brazos de su madre, las charlas con Charito, su amiga desde siempre y las caricias de Gabriel, su novio.

El autobús ya había abierto las puertas cuando Inés llegó a la plaza. Era muy temprano y las tiendas situadas bajo los soportales aún no habían abierto. Pasó la vista por aquel paraje en el que tanto había disfrutado.

Su madre había guardado un respetuoso silencio desde que salieron de casa; ninguna de las dos quería hacer más difícil la despedida.

Metió el equipaje en el maletero y sin permitirse sentimentalismos, la  abrazó y subió al vehículo rumbo a un país desconocido, con un idioma extraño y con unas nuevas gentes por conocer.

Desde la ventanilla y mientras el autobús iniciaba su salida del pueblo fotografió mentalmente cada calle, cada vivienda, cada rincón...  En la última casa, divisó a un hombre que miraba fijamente en su dirección mientras fumaba un cigarrillo apoyado en el quicio de la puerta. Al pasar le pareció leer una palabra en sus labios: “Perdón”.

Cerró los ojos e intentó olvidar los acontecimientos de las últimas horas.  La beca que le habían concedido en el Conservatorio de Lausana, lejos de haber producido alegría, provocó un drama que Inés prefería olvidar.

—Me voy a quedar sola. ¿Y si enfermo? —le dijo su madre llorando.

—Si te vas, será mejor que olvidemos lo nuestro. Vive tu vida, que yo haré lo mismo con la mía —sentenció Gabriel.

—Es mi futuro, aquí no conseguiré ser la gran pianista que siempre he soñado —había contestado a las quejas de sus dos seres más queridos.

Sólo su amiga Charito la animó a que se fuera.

—Te echaré de menos, pero es lo mejor para ti. Seguro que te irá bien. Disfruta mucho. Te escribiré a menudo.

Pasaron dos años antes de que Inés volviera a España al entierro de su madre, aunque no fue en el pueblo sino en Barcelona donde se había trasladado para vivir con su otra hija.

Regresó a Lausana y dedicó su vida a la música. Situó su residencia en la plaza del ayuntamiento, en una casa antigua frente a la Fuente de la Justicia y muy cerca de la catedral. Necesitaba el sabor un lugar como aquel para no olvidar sus raíces. De Gabriel no volvió a saber nada, ni una carta, ni una llamada. Con Charito se escribió durante los primeros meses y poco a poco perdieron el contacto. A través de su madre supo de su amiga que, poco después de su partida,  se había casado.

Veinte años más tarde volvió al pueblo. Ambas hermanas querían vender la casa de sus padres y se trasladaron allí para vaciarla de todos los recuerdos acumulados en sus estancias.

Por la tarde salieron a pasear. En la plaza, la pequeña tienda de comestibles de los padres de Gabriel estaba abierta. Inés asomó la cabeza y observó a un joven detrás del mostrador. Su rostro le resultó familiar, reconoció  en él al Gabriel que había dejado atrás hacía muchos años.

—¿Eres hijo de Gabriel? —le preguntó Inés.

—¿Le conoce?

—Sí, me gustaría saludarle.

—Mi padre está haciendo unos recados, pero mi madre está dentro. Espere un momento. Voy a avisarla.

Al momento salió acompañado de una mujer. Al verse, ambas se miraron fijamente. Entonces Inés entendió que su querida amiga Charito la hubiera animado a irse, sus cartas llenas de nimiedades y la palabra “Perdón” que creyó leer en unos labios cuando se marchaba.

lunes, 11 de mayo de 2015

RELATO BREVE - EL HAYEDO DE BUSMAYOR

Ofelia había acudido a Busmayor, el pueblo de su familia berciana, para recuperarse del dolor sufrido por la muerte de su madre, pero después de un mes, lejos de haber cogido fuerzas para continuar con su día a día, volver a la ciudad se le presentaba como una idea insoportable.

Encontró tres culpables de sentirse en esa situación: Mariano  y Ramona,  sus abuelos, y Javier, el agente forestal. Los abuelos por mimarla y hacerla sentir como la niña que, de pequeña, corría tras las gallinas y por abrazarla de una forma que ya tenía olvidada. Javier, por conseguir que la naturaleza anidase en su alma y el amor en su corazón.

El mismo día de su llegada, se encaminó hacia el bosque de hayas y comenzó a correr por la senda que tantas veces había recorrido con sus progenitores. El frescor que producían las sombras de las hayas, acebos y abedules, lo convertía en un lugar idóneo para pasear. Todos los vecinos con los que se cruzaba le ofrecían sus condolencias. Cansada de pararse y repetir una y otra vez la misma historia, Ofelia decidió correr por caminos menos transitados.

Durante unos minutos pensó, aspiró el aroma de la tierra, se deleitó con el verde intenso de las hojas y se entristeció al recordar que no haría nunca más ese paseo con su madre. Un ruido inusual y el cambio en el perfume del bosque la sacó de sus cavilaciones. Enseguida se dio cuenta de lo que pasaba: un incendio. Al dar la vuelta a un recodo del camino se encontró con Juan, un joven de su edad  vecino del pueblo. Él la miró asustado e intentó apagar las primeras llamas con su chaqueta. El aire que levantó al hacerlo hizo que el fuego se extendiera. Entonces el joven se bloqueó y miró impasible las llamas, como si fuera una estatua y nada le afectase.

Ofelia, al ver la imposibilidad de apagarlo, tiró de su brazo para que se alejaran,   a la vez que intentaba llamar a emergencias, pero no había cobertura. No conseguía moverle; parecía hipnotizado. Los troncos de los arbustos crepitaban y el calor les sofocaba. El humo ya no les dejaba respirar.

La muchacha empezó a toser y, en vista de que el hombre se negaba a abandonar el lugar, decidió escapar. En el momento de darse la vuelta, Juan, con el rostro inexpresivo, la agarró por un brazo. Su mano la sujetaba dispuesto a no dejarla marchar. La joven intentó zafarse, después pidió ayuda a gritos, y por último suplicó que la soltara. El fuego, cada vez más intenso, se acercaba lamiendo los árboles y rastrojos que entraba en su camino. El ruido empezó a ser ensordecedor y el calor asfixiante.

Un mareo hizo que se desvaneciera.  Al despertar estaba en un hospital y a su lado sus abuelos aparentaban tranquilidad;  aunque le picaban los ojos y le escocía la garganta, se encontraba bien.

Su abuela se acercó y la tomó de la mano como hacía su madre para que se durmiera cuando era pequeña. Mientras tanto,  su abuelo le contó lo sucedido.

—Javier, el agente forestal, vio una columna de humo, avisó a los bomberos y se acercó hasta el lugar. Antes de llegar se encontró con Juan que te llevaba en brazos, aunque él también estaba a punto de desmayarse. Dijo que eras su mujer y que habíais tenido un accidente con el coche. ¡Pobrecillo! Ya va para dos años que perdió a su esposa; su coche ardió y no llegaron a tiempo de rescatarla. Desde entonces su cabeza no rige. Está en tratamiento, sin embargo, su madre duda de que tenga solución.

Al día siguiente le dieron el alta y comenzaron los mimos de sus abuelos y las visitas de Javier para ver cómo se encontraba.

El tiempo pasado en  Busmayor,  a pesar de lo sucedido en el hayedo, había sido un bálsamo para su espíritu, pero las vacaciones tocaban a su fin y una sensación de angustia se instaló en el estómago de Ofelia; ¿quería  volver a un trabajo que no le gustaba y a una rutina pesada y tediosa? Movió la cabeza para espantar sus divagaciones. Javier la esperaba en la puerta para dar un paseo.

viernes, 24 de abril de 2015

RELATO BREVE - LA BODA

¡Pero si soy yo con mi madre! ¿Cuántos años podría tener, siete, ocho…? Recuerdo lo mucho que me gustaba nadar en la laguna. Había sanguijuelas, pero no me importaba.

¿Qué es esto? ¡Ah, ya sé! El día que entré a trabajar en la comisaría. Ahí están todos mis compañeros. Noté una gran camaradería entre ellos y me hicieron sentir a gusto desde el primer momento.

Y este es el restaurante donde conocí a Luisa, la sumiller. ¡Qué mujer tan preciosa! No se me podía escapar. Creo que me enamoré de ella nada más verla. Y, por suerte, ella también se fijó en mí.

Este es el día que vinimos a Lago para arreglar los papeles de nuestra boda. Parece que entramos en el pueblo con mal pie, porque el cura que debía casarnos había sido asesinado.

Eso ha sido esta mañana. Estoy arreglándome para la boda. Mi familia está muy contenta de que hayamos decidido casarnos en el pueblo.

La iglesia de Santa Marina. En el altar espero a Luisa. ¡Qué bella está! Del brazo de su padre, camina  hacia mí despacio. Me sonríe, me da la mano. En sus ojos leo una promesa: siempre juntos.

La celebración. El tiempo nos acompaña, ni mucho frío ni mucho calor. ¡Qué buen trabajo han hecho con la decoración! La era está llena de flores blancas por todos los rincones. Asiste todo el pueblo, además de la familia de la novia y nuestros amigos. La comida es abundante y la bebida también; quizás en exceso.

Y por la noche una queimada. “Mouchos, coruxas, sapos e bruxas. Demos, trasgos e diaños, espritos das nevoadas veigas…” Dulce, suave, entra demasiado bien.

Empieza la música, la orquesta ha sido un regalo de los vecinos del pueblo. Bailamos un vals y después de dar unas cuantas vueltas, Luisa se siente mareada. Una copa más y, desoyendo los consejos de mis padres, decidimos irnos a pasar la noche al hotel de Ponferrada que tenemos concertado.

Cantamos en el coche mientras bajamos por la Calella. Ya estamos llegando a la carretera cuando el coche se me va. Seguimos riendo cuando nos estrellamos contra un castaño.

¿Qué hace Luisa? ¿Por qué grita? ¿Por qué llora? Será posible que … Sí, me abraza, abraza mi cuerpo, pero yo estoy fuera del coche. ¿Estoy…?  ¡No puede ser verdad! No ahora, que empieza una vida nueva para nosotros. ¡No debería haber bebido la última copa!

Unas luces salen de la laguna, es una mujer, una ninfa. Me toma de la mano y me acerca hasta el coche.

—No es tu momento —susurra.