domingo, 22 de febrero de 2015

RELATO BREVE - DISEÑANDO EL JARDÍN

Luis cambió el piso del centro por un chalet en una exclusiva urbanización a las afueras de Madrid. Con sesenta años tenía el futuro asegurado ya que su clínica de cirugía plástica le daba para llevar una existencia holgada. Su mujer, quince años más joven, no trabajaba y mantenía una saludable vida social.
Emilia se enamoró de la casa nada más verla. Sólo tendrían que reformar el jardín, que lucía un estado lamentable. Contrataron a una empresa de jardinería y después de un par de reuniones, el boceto les pareció perfecto.
Emilia observaba a la cuadrilla instalando tepe, cuando vio a un par de obreros cavando un hoyo para colocar el olivo que habían adquirido. Corrió hasta ellos y les indicó que el sitio para hacerlo estaba un metro a la derecha. No era el lugar que Luis y el diseñador habían establecido, sin embargo era la zona donde ella quería ubicarlo. Habían profundizado un metro cuando descubrieron unos huesos que parecían humanos. Sin perder un segundo Emilia avisó a la policía.

El chalet se había comprado a una sociedad de la que no quedaba rastro. La policía estuvo interrogando por la zona, pero nadie conocía al misterioso vecino, ni siquiera podían describirle ya que el coche que alguna vez aparecía por allí llevaba los cristales tintados.
Luis y Emilia discutían por cualquier tema desde el hallazgo de los huesos.
—Si no hubieras cambiado la ubicación del olivo, nada de esto hubiera sucedido —exclamaba él.
Una tarde la policía apareció por la casa y Luis salió a recibirles.
—Señor Carranza, queda detenido por el asesinato de Inés Alonso —dijo el inspector.
Los ojos de Luis se abrieron como platos y en su mente cobró vida una pregunta ¿Cómo era posible que lo hubieran descubierto?
—Emilia, avisa a Fernando Matas —gritó Luis.

Le llevaron a la comisaría. Emilia se presentó allí con Fernando, el joven abogado que llevaba los temas de la clínica, y esperó recorriendo el pasillo de un lado para otro mientras él entraba a la sala de interrogatorios.
Sentado frente a la mesa Luis le hizo un gesto con la cabeza. Al momento pasó un inspector y comenzaron las preguntas.
—Tenemos la confesión escrita del hombre que estaba con usted cuando mató a Inés Alonso con un golpe en la cabeza —señaló el policía.
El abogado pidió a Luis que no dijera nada, pero él contestó.
—No la maté. Me pasé con la anestesia.
—Y ¿por qué el señor Carlos Gutiérrez le acusa?
—No puede ser. Fuimos socios durante diez años. Pusimos a nombre de una sociedad el chalet que compramos como inversión con los beneficios de los dos primeros años. Nos iba bien porque el boca a boca se extendía como la pólvora. Mucha gente famosa ha pasado por nuestros bisturís. Inés no quería que la gente supiera que se había retocado, por eso nos pidió que la ingresáramos por la noche con un nombre falso y que en la intervención sólo estuviéramos Carlos y yo; temía que alguna enfermera se fuera de la lengua.
—¿Y nadie se enteró?
—Nadie. Esa misma noche pasamos al quirófano. Se me fue la mano con la anestesia. No debíamos arriesgarnos a un escándalo que sería nuestra ruina. A Carlos se le ocurrió la idea de enterrarla en el jardín. El resto se lo pueden imaginar. El golpe en la cabeza fue debido a que se nos cayó al sacarla del maletero y su cabeza chocó contra el bordillo.
—¿Y el señor Gutiérrez vivió en el chalet?
—No podíamos venderlo por si encontraban el cadáver así que Carlos lo usaba algunas temporadas. Ahora se quería ir a vivir a Nueva York con una amiga y yo tenía que hacerme cargo.
—Pues se ha suicidado, pero ha dejado una confesión —dijo el policía.

El abogado salió de la sala y Emilia se le acercó.
—Todo bien —susurró el abogado—, vámonos.
Cuando subieron al coche, Emilia le acarició una pierna.
—Lo hemos conseguido. Me da un poco de pena la forma en que engañé a Carlos. El infeliz creyó que iría con él a Nueva York.

—Cariño —contestó el letrado—, no te preocupes. El viejo estaba enfermo y tu marido te ha engañado mil veces. Por cierto, la imitación de la letra de Carlos te salió genial.

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